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FUGA EN ITALIA

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Todo viaje está plagado de anécdotas, unas mas curiosas que otras, pero siempre se guarda un especial cariño por ellas, por más que hayamos pasado momentos de angustia o zozobra. El tiempo se encarga de curar estos amargos tragos ocurridos durante un viaje y los transforma en experiencias personales que son bien disfrutadas en cualquier reunión de amigos o, incluso, durante un nuevo viaje, mientras cubrimos nuestra ruta. Una de estas anécdotas me sucedió hace ya más de diez años, es increíble lo rápido que se pasa el tiempo ya que el recuerdo esta vívido en mi mente y parece que hubiese sucedido hace menos de una semana. Bueno, también que la escena principal de la anécdota, a cargo de mi amigo Ramón, fue sencillamente magistral. Pero vayamos en orden cronológico para que puedan disfrutar de esta historia tanto como yo.

 

            Todo empezó a raíz de un viaje que hicimos un grupo de amigos a Italia. En esos años, todos contábamos apenas con veinte años de edad en promedio y, a decir verdad, aún vivíamos en casa de nuestros padres, algunos éramos más engreídos que otros en ese aspecto y casi ninguno del grupo había trabajado antes. Sin embargo, cada uno de nosotros pudo reunir sus propinas de años atrás, además de otros ahorros que se tenían, ustedes saben, los jóvenes nos agenciamos dinero como sea, vendiendo cualquier objeto de valor que tengamos como una tabla para surfear o la bicicleta en la que solíamos viajar para visitar a la novia. El hecho es que nuestro grupo decidió viajar a Italia, vía terrestre por supuesto, para ahorrar al máximo. Sólo imagínense la figura, cuatro amigos con algo de dinero en sus bolsillos, solteros y en un país como Italia en donde la belleza femenina abunda como las pepas en una sandía. Cada uno, con mochila al hombro, salió de su casa aquella mañana. La ida estaba perfectamente planeada, la vuelta ya se vería. Llevamos algo de ropa, como para una semana o más. El viaje fue sin mayor novedad, la verdad es que la pasamos durmiendo o bebiendo y, al menos yo, llegué con un dolor de cabeza terrible a la estación de Roma. En fin, esa misma noche me recuperé, había mucho por hacer en la ciudad y me uní al grupo nuevamente, luego de profundo descanso en la habitación de mi hostel.

 

            El circuito nocturno de Roma nos ofrecía posibilidades casi infinitas, eso sin mencionar las plazas y la vía pública en general, todo parecía un desfile de modas. La gente vestía muy bien y las mujeres eran sencillamente radiantes. No les miento si les digo que en una sola noche, cada uno de nosotros se podía enamorar fácilmente de seis o siete chicas, era una locura. En fin, para no entrar en detalles, diré que fueron dos semanas a todo tren, luego de lo cual, nuestro físico quedó tan mermado como nuestros bolsillos. El regreso era inminente, lo sabíamos pero ni yo ni Ramón quisimos ser sensatos. ¿Quién puede ser sensato a los veinte años y con tanta mujer bella suelta por allí? Fue así que decidimos quedarnos un tiempo más en Roma, la idea era buscar un trabajo que nos permitiera mantenernos alojados en aquella ciudad, racionaríamos agua y comida si era necesario, pero nadie nos iba a sacar del paraíso. Con el dinero ya casi acabándose, empezamos a bucear en los diarios en busca de empleo al tiempo que preguntábamos en varios lugares por iniciativa propia, generalmente hoteles y restaurantes. El idioma era nuestro principal enemigo en ese sentido. Casi todas las puertas se nos cerraban, hasta que dimos con el trabajo ideal en apariencia. Se trataba de un aviso que solicitaba mensajeros de puerta en puerta, no necesitábamos saber nada de italiano, simplemente ubicábamos la calle en el plano y listo. Sabíamos leer y teníamos dos piernas, suficiente. Esa misma tarde fuimos a la dirección consignada en el aviso del diario. El autobús nos dejó a unas dos cuadras del citado lugar que quedaba muy cerca de un extenso club de golf, lo recuerdo bien.

 

            Una vez en las oficinas, nos explicaron en qué consistía el trabajo, eran largas caminatas bajo sol y lluvia probablemente. Como en toda mensajería, el pago era muy bajo pero algo había que hacer. Yo escuchaba atentamente junto a otro grupo de postulantes y Ramón se encontraba hacia mi derecha, ligeramente retrasado. Eso creí. Cuando el informante de la mensajería preguntó en voz alta si todos habíamos entendido, asentí con la cabeza y en seguida me volví para ver si Ramón había comprendido. Grande fue mi sorpresa cuando no divisé a Ramón, me extrañó y pregunté por él, uno de los postulantes me hizo una seña indicándome que había salido por la puerta. Crucé la puerta y divisé la calle y, efectivamente, Ramón ya se encontraba  a la mitad del club de golf, a unos 500 metros y sin intenciones de regresar. Luego me confesó que el empleo lo asustó.

Comentarios

Muy imaginativo el hombre este. Inpensable que un hombre extranjero sin hablar el Italiano, con unos pocos dineros en su bolsillo sea conquistador de tantas jovenes en Roma. Y memnos aun si es hispano.Esta bien usar la imaginacion pero para otras cosas. Ninguna italiana cree esta historia.

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